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Esas colas eternas… junio 7, 2010

Posted by Manuel Andrés Casas in Actualidad.
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Esto no es sobre el tráfico capitalino; es, más bien, sobre otras colas que, lamentablemente, aparentemente también son perennes. Cuando bajó del autobús diariamente en camino a mi trabajo, todos los días veía en la parada una larga cola, gente esperando en cola para tomar el bus, eso pensaba… ¡No! Más bien era gente en cola para entrar a la embajada de un país de esos del primer mundo. Una cola, y bien larga…

Luego camino un par de cuadras para llegar a mi lugar de trabajo, curiosamente, en un edificio cercano, veo también una larga cola de gente ¿Estarán esperando un crédito en el Banco del Tesoro? ¿Será qué la Onidex tiene ahí una sucursal para sacar el pasaporte? La respuesta es similar al caso anterior: gente esperando para ir al consulado de un país Europeo; una visa o un pasaporte, da igual, un mecanismo para salir de este país.

El otro día una Profesora nos comentó que varias encuestas indican que dos tercios de todos los jóvenes universitarios del país quieren emigrar, desde que escuché eso estuve pendiente para ver si las dos fulanas colas que diariamente presenciaba confirmaban la estadística. La respuesta visual era contundente, sí, la mayoría de los integrantes de la cola eran personas relativamente de mi edad.

Todo lo cual nos apunta a una realidad evidente: una cantidad importante de jóvenes venezolanos ha perdido la fe en el país. ¿Culparlos por traidores, llamarlos gusanos a lo cubano? Nunca. Francamente, aún cuando mi posición personal en el tema es bastante intransigente (es básicamente quedarme, a rajatablas), a veces pienso que irse es la decisión más racional, como me comentó un buen amigo “Mi pana, uno sólo vive una vez, ¿Por qué desperdiciar tu juventud en un país que, sinceramente, está jodido porque quiere estarlo?” Es una posición que, aunque no comparto, respeto totalmente. Soy de los que cree que la mayor responsabilidad que uno tiene en la vida es para con uno mismo y para buscar su propia felicidad, creo que uno no escoge su país de nacimiento y por tal, sentirse sobremanera orgulloso del mismo, o sentir que uno tiene una deuda moral con él, es un absurdo. Sin embargo acá me quedo.

Me propongo pues a hacer una defensa, desde el punto de vista meramente individualista, de porque es racional quedarse en Venezuela. En primer lugar, porque los que aspiramos a, algún día, ejercer cargos públicos y trabajar por la construcción de un país, no hay mejor sitio que éste; en Canadá y Australia ya todo está hecho, acá está la oportunidad de construir país y poder en la retrospectiva de la vejez decir “esto, en parte, es obra mía”. En segundo lugar, para los que tenemos ambición, es difícil que uno alcance, como inmigrante, los niveles de éxito que uno puede tener en su país. En tercer lugar, porque, por más abierto y tolerante que se jacte de ser el posible país de destino, uno siempre tendrá, en cierto grado, la etiqueta de “inmigrante” estampada en la frente, eso es particularmente algo que aborrezco. En cuarto lugar porque sé, sin lugar a dudas, que el remordimiento de saber que no me quedé a dar la pelea me atormentaría a un punto que me amargaría la existencia.

Tal vez mis razones les parecen ridículas, o fatuas, pero a mi me bastan. Respeto y admiro a la gente que tiene la valentía para ir a buscar mejor fortuna en el extranjero, pero para todos los que discrepamos, juntémonos a rezarle a San Judas Tadeo y a ahogar nuestras penas con una buena dosis de cerveza Polar, antes de que la expropien.

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