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Un cuento para mis nietos: o crónica del apagón que nunca llegó enero 13, 2010

Posted by Manuel Andrés Casas in Actualidad.
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El 31 de diciembre esperé –sin gran emoción- que el reloj marcara las doce, situación antípoda a la que viví el presente día. Esperé en ascuas, whisky en mano (pensé que tomar champaña en el momento en el que quedaría a oscuras sería más poético, pero ya era demasiado tarde). El evento inminente me llevó a rodearme de la parafernalia adecuada: prendí tres velas, lamentablemente fue todo lo que encontré en casa, en la mesa de noche reposaban, fielmente, 2 cajas de fósforos “El Sol” (“calor y vida” es el subtítulo) y una linterna pequeña que sólo sería útil si me provocaba ir al baño en las horas que en las que el gobierno me había condenado a la penumbra.

A la hora de mayor expectativa (5 para las 12) procedí a situarme en mi rudimentario mirador: la sala de mi casa. Muchos de mis vecinos andaban en lo mismo, las ajetreadas siluetas que recorrían sus apartamentos de un lado a otro comprobando frenéticamente que sus linternas servían (pues siempre está la posibilidad de que las pilas las hayan robado para ponerlas en el control de la tele) componían una obertura pintoresca de lo que se venía.

A las 12 en punto la omnímoda oscuridad se lanzaba sin ningún tipo de contemplación contra la urbanización donde vivo, vi como de manera estrepitosa la calle se quedó sin luz, los tres edificios que estaban enfrente, luego las casas que están a la izquierda. La luz de mi cuarto seguía encendida, ahora me sentía justo como en aquellos momentos previos a que te saquen la sangre, cuando la enfermera ya te puso el torniquete pero la aguja no ha entrado. Pensaba que era sólo cuestión de segundos antes de que mi edificio corriera la suerte de sus pares. Casi que entrecerré los ojos esperando el fatídico momento que –francamente no sé por qué- me producía una especie de euforia tranquila.

1, 2, 3, 5 minutos pasaron y la luz de mi cuarto –contra todo pronóstico o esperanza- seguía prendida. Me asomo por la ventana que da a otra calle: oscuridad total. El edificio de al lado y el mío se erigían como islotes fulgurantes en la oscuridad impuesta por el camarada Kalashnikov. Esa circunstancia particular, debido no sé si al olvido o a la ineficiencia de algún burócrata, me permitió vivir de una manera un tanto particular este primer corte de luz.

“¡Chávez, coño e´ tu madre!” oía a mi izquierda. “¡Viva el socialismo nojoda! A mi derecha. En alguna parte del espacio que la sombra hacía indeterminado escuchada como unos vecinos decidían expresar su desconcierto en gritos reiterados de júbilo (¿desespero?) despreocupado. Las cacerolas no tardaron en hacerse sentir. Esa escena no tiene nada de particular. Un grito propinando un improperio al gobierno no es nada nuevo y creo que Venezuela (o por lo menos el este de Caracas) debe tener el porcentaje más alto de cacerolas abolladas per capita. Lo que sí entra en ese campo que raya lo surreal es lo que pasó después.

Un cohete, dos, tres. Buen momento para elegir rematar los fuegos artificiales que sobraron del 31, demostración de la capacidad del venezolano de hacer una fiesta de todo. Veía también como 3 apartamentos del afortunado edificio vecino que se había salvado del corte no creían su suerte, veía como sus inquilinos se paraban cada cierto tiempo y prendían y apagaban la luz; como para ver que todavía seguía ahí, que no era un sueño o una ilusión: les costaba creer que podían prender un bombillo. La escena no hubiera sido la misma de no haber sido por la descarga musical que un vecino decidió regalarle a la noche capitalina: un trompetista anónimo descargaba su frustración tocando un jazz bastante ácido, demostración que duró unos buenos 20 minutos.

A una hora de que la Electricidad de Caracas me dejara con los crespos hechos (y con las velas prendidas) pienso en la situación y no puedo sino preguntarme en qué otra parte del mundo uno ve esto, sólo agradezco el hecho de que tanta particularidad nos permite ver el mundo de manera única. Yo me tomo la noche con soda. Creo que ya llegué al punto en el que solamente pienso que será un buen cuento para echarle a mis nietos, quienes, espero, escuchen atónitos e incrédulos mis cuentos de cuando Venezuela por un tiempo empezó a parecerse a África…

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Comentarios»

1. Alicia Khedari - enero 13, 2010

Excelente!!

2. Jordy Enrique Moncada - enero 13, 2010

Grande Manuel!

3. eduardo giralt - enero 13, 2010

Genial quien te veria con vocacion de cronista

4. Francisco Granados - enero 14, 2010

Qué buen post! La verdad no creo que esto sucede en otro país del mundo -quizás en África-, pero nunca en un país con tantos recursos como el nuestro o lo que es peor con un barril de petróleo que llegó a sobrepasar los 100 dólares. En otros lugares la gente de nuestra edad se preocupa por otras cosas, más superficiales, aquí vivimos amargados y preocupados. Saludos
FG

5. Manuel Andrés Casas - enero 14, 2010

Gracias. Qué parapeto esto, medidas tomados por antojo. Como escuché ayer: Venezuela es el país donde todo se hace mientras tanto y por si acaso.

6. Jorge Mendoza - enero 16, 2010

Cuando nuestros nietos nos pregunten, les contare con el mayor de los orguyos como salimos todo esto. Gracias por el post, saludos.


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